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Una noche para respirar despacio

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El pasado 20 de febrero, el escenario del Teatro Diana se transformó en una pequeña plaza parisina donde la prisa dejó de importar y el corazón marcó el ritmo. Zaz no ofreció simplemente un concierto: ofreció un abrazo colectivo, un brindis por la vida sencilla y una invitación a mirar el mundo con ojos más honestos.

Desde el primer acorde, la voz rasposa y luminosa de la cantante francesa llenó el recinto con esa mezcla inconfundible de chanson, jazz y espíritu bohemio que la ha convertido en una figura imprescindible de la música contemporánea europea. No hubo artificios innecesarios; hubo música viva, músicos entregados y una energía que se sentía cercana, casi doméstica. Como si cada canción estuviera dedicada a alguien en específico, aunque en realidad era para todos.

Cuando sonaron los primeros compases de “Je veux”, el teatro se volvió coro. No era solo una canción, era una declaración: querer amor, verdad, libertad. Y en Guadalajara esa noche se sintió real. Zaz bailaba con naturalidad, reía entre versos y hablaba con el público en un español entrañable que arrancó aplausos sinceros. La complicidad fue inmediata.

El repertorio navegó entre momentos íntimos y estallidos festivos. Hubo instantes en los que bastó un contrabajo y una guitarra para suspender el tiempo; en otros, el ritmo invitó a levantarse del asiento y dejar que el cuerpo acompañara lo que el alma ya estaba sintiendo. Cada interpretación tenía esa cualidad tan suya: parecer improvisada y perfectamente calculada al mismo tiempo, como la vida misma.

Pero más allá de las canciones, lo que quedó fue la sensación de haber compartido algo genuino. Zaz no canta desde la distancia de la estrella; canta desde la esquina del barrio, desde la ventana abierta, desde la experiencia humana más simple. Y eso, en un mundo saturado de ruido, se agradece.

El 20 de febrero no fue solo una fecha en la agenda cultural de Guadalajara. Fue una noche donde el Guadalajara bajó el ritmo para escuchar, cantar en francés sin importar la pronunciación y recordar que la felicidad, como en sus canciones, suele estar en lo pequeño.

Y así, entre aplausos largos y sonrisas compartidas, el Teatro Diana volvió a apagarse. Pero algo quedó encendido: esa pequeña llama que Zaz sabe prender cuando canta verdades sencillas con una voz que parece venir directo del corazón.

Reseña y fotografías: Manuel Crail.



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