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La belleza de lo íntimo

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El viernes 23 de enero, Silvana Estrada convirtió el Teatro Diana en un refugio emocional. Poco antes de las nueve de la noche, el recinto ya respiraba una calma especial: conversaciones en voz baja, luces suaves y esa complicidad silenciosa que se forma cuando todos saben que están por vivir algo distinto.

No hubo una entrada grandilocuente ni artificios innecesarios. Silvana apareció con la sencillez que la define y dejó que la primera canción hiciera el trabajo más importante: abrir el pecho del público y marcar el pulso sensible de la noche. Desde ahí, todo fluyó como una confesión compartida. El ambiente se mantuvo cercano, casi ceremonial; la gente escuchaba con respeto, cantaba apenas en los momentos justos y respondía con aplausos largos, de esos que no buscan ruido sino agradecimiento.

No fue un concierto de euforia, sino de conexión. La acústica del Diana permitió que cada respiración, cada vibrato y cada silencio se sintieran vivos, haciendo que los pasajes más frágiles se volvieran también los más poderosos. El setlist fue un viaje entre lo nuevo y lo entrañable: “Como un Pájaro”, “Lila Alelí” y “Dime” dialogaron con piezas ya grabadas en la memoria colectiva como “Te Guardo”, “Si Me Matan” y “Marchita”, que se vivieron con un nudo en la garganta y más de un brillo en los ojos. Al final, la sensación no fue la de haber asistido solo a un show, sino a un encuentro: una noche para bajar la velocidad, escuchar de verdad y salir del teatro con el corazón un poco más lleno que cuando se entró.



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