La visita de Mikel Erentxun al Teatro Diana en marzo se sintió menos como una parada de gira y más como una conversación pendiente entre artista y ciudad. No hubo prisa por impresionar ni necesidad de demostrar nada; lo que se construyó fue un relato pausado, sostenido en la experiencia y en una obra que ha sabido resistir el paso del tiempo.

Lejos del formato complaciente que suele acompañar a los aniversarios, el concierto apostó por una revisión honesta de su catálogo. Las canciones —muchas de ellas ligadas inevitablemente a Duncan Dhu— no se presentaron como piezas intocables, sino como material vivo, capaz de transformarse sin perder su esencia. Ahí radicó uno de los mayores aciertos de la noche: en permitir que el paso de los años no solo se note, sino que juegue a favor.

Sobre el escenario, Erentxun se mostró contenido, incluso introspectivo por momentos. Su interpretación evitó el dramatismo fácil y se inclinó por una emocionalidad más fina, más cercana. No buscó imponer presencia; la dejó surgir de manera natural, apoyado en una banda que entendió perfectamente su lenguaje y lo acompañó sin invadir.

El público, por su parte, respondió desde un lugar distinto al de la euforia inmediata. Hubo entusiasmo, sí, pero también escucha. Una atención poco común que convirtió varios pasajes del concierto en momentos casi suspendidos, donde lo importante no era cantar a todo pulmón, sino dejar que cada canción encontrara su propio espacio.


Más que un repaso de éxitos, lo que se vivió en el Teatro Diana fue una reafirmación de oficio. Un concierto que no necesitó reinventar la fórmula, porque entendió que su valor está en la solidez de su repertorio y en la forma en que este sigue dialogando con el presente. En tiempos de inmediatez, propuestas así no solo se agradecen: se vuelven necesarias.















