El tiempo no pasó por el escenario del Teatro Diana, o al menos eso parecía. Porque cuando Eliades Ochoa apareció con su guitarra, su sombrero y esa calma que solo tienen los que han vivido mucho, lo que se abrió no fue un concierto, sino un portal.

A sus casi ocho décadas, el cubano no vino a demostrar nada. Vino a habitar la música. Y desde el primer golpe de Manicero, acompañado por un ensamble preciso y cálido, convirtió la noche en un guateque donde la nostalgia no pesaba: se bailaba.

Hay algo profundamente honesto en su forma de tocar. Cuando dijo que aprendió en el campo, no era una anécdota, era una declaración estética. Ese preludio que evocó sus años en Songo-La Maya no fue virtuosismo vacío, fue memoria viva. Y el público lo entendió: respondió con aplausos que no eran solo entusiasmo, eran reconocimiento.

El repertorio fue un viaje sin prisa: Estoy como nuncaYiri yiri bonArrímate pa’ca. Pero el momento en que el teatro se volvió un solo cuerpo llegó con Chan Chan. Ahí ya no había butacas ni distancia, solo voces entrelazadas sosteniendo una canción que no le pertenece a una generación, sino a todas.

Entre bromas, frases sueltas y esa humildad que lo lleva a llamarse “alumno avanzado”, Eliades tejió una noche donde lo importante no fue la perfección, sino la conexión. Y eso se sintió en cada El carretero, en cada El cuarto de Tula, en cada sonrisa compartida entre músicos.

Pero cuando apareció Volver, aquel tango convertido en bolero, todo el recinto aplaudió y cantó con añoranza de tiempo, de vida y paisajes del pasado que a todos nos ven volver con la frente marchita…..

No fue un concierto para recordar.
Fue un concierto para quedarse a vivir un rato.

Reseña por: Foto que Suena.