“Exigen que los respetes, pero no se respetan así mismos” o alguna cosa similar decía el meme que un pariente compartió en Facebook. Era una foto de dos hombres de espaldas, en tanga de sadomasoquistas, caminando de la mano en un desfile gay. Si lo hubiese compartido otra persona, habría menospreciado en silencio su publicación, como lo suelo hacer cada que mis ex compañeras de colegio católico llenan mi news feed de posts anti aborto. Pero contesté porque sabía que el dedo detrás de ese share homofóbico le pertenece a un niño de quince años. Uno que, pensé, todavía tiene mucho que cuestionarse respecto a la homofobia y la heteronorma.

En resumen, le dije que los protagonistas de la foto estaban ejerciendo su libertad para vestir como quisieran y que el respeto a sus derechos no debería depender de ello. El adolescente en cuestión me contestó que él también era libre para opinar lo que quisiera. En vez de meterme en el pantanoso terreno de dónde inicia y termina la libertad, sólo le recordé que estaba compartiendo una foto sin el consentimiento de los involucrados y que dicha foto, además, incluía un mensaje que atentaba contra sus derechos.  No sé si por condescendencia o por genuina reflexión, el pariente admitió que no había considerado lo que podrían opinar los portadores de las nalguitas que estaban siendo juzgadas en su largo recorrido por el Internet.

Ésta habría sido una bella historia de diálogo, de no ser porque su papá (hombre con el que afortunadamente no comparto lazos sanguíneos)  entró a la discusión para agregar que: “Esos disque hombres, no merecen respeto y tú, hijo, puedes opinar como se te dé la gana de ellos. Si quieres limpiarte el trasero con una bandera gay puedes hacerlo”.

Después de leer el comentario de este  hombre católico y ex diputado panista #TrueStory, le llamé a mi papá porque no me sentí capaz de embarrarme las manos discutiendo con su cuñado sin su permiso.

-Ignoralo. Ignora a partir de hoy todas sus publicaciones y las de sus hijos -. Me aconsejó mi sensato padre, quien ha sido muy bueno para conservar relaciones familiares, pero muy tibio para cuestionarlas.

Así lo hice, comencé a ignorar sus publicaciones, luego los dejé de seguir y eventualmente terminé por bloquear al 80% de mi parentela. Lo hice,  en parte por intolerancia, en parte porque me desconcierta comprobar que a gran parte de mi familia sólo me une el apellido y, principalmente, porque no quiero que mi estilo de vida les siga dando tela de donde cortar… No vaya a ser que mortifiquen a mi abuelita con algún chisme.

Siento una frustración similar cada que me encuentro con memes violentos y mal informados sobre “faminazis”, adopción homoparental, transexualidad y veganismo. También me enoja su mame de que AMLO nos va a convertir en Venezuela y ese otro que afirma que leer evitará todo, menos que seas un mamón pretencioso. Y me enoja, no porque me asuma feminista o miembro de la comunidad LBTIxbyagfiaf;  o vegana o amlover (lo que definitivamente no soy), sino porque me cuesta creer que personas con acceso a Internet (o sea, a una cantidad ilimitada de información) sigan reproduciendo juicios impuestos por una moral religiosa, creencias sin fundamentos y opiniones que atentan contra los derechos de otras personas y contra siglos de luchas sociales.

En una ocasión, un machistocito con el que trabajaba inició una discusión en redes sociales con una mujer feminista, pese a que lo único que sabía de feminismo fue lo que encontró en ese momento en Wikipedia. No hubo fuerza humana que lo hiciera cambiar su argumento de que “pobres hombres que ya no nos pueden ni voltear a ver”, (ahora imagínense lo que habría implicado que cuestionara sus privilegios). Aunque me salpicó con sus men tears, no le dije nada, primero, porque en ese momento no tenía el bagaje teórico para argumentar, (ni la confianza para hacerlo), segundo, porque no lo creía con la capacidad ni la disposición para escucharme y tercero, y más importante, porque no me toca a mí la chamba de educarlo.

Si te molesta el feminismo y no entiendes qué más quieren las mujeres; lee, pregunta y escucha, mas no exijas que seamos nosotras las que te “convenzamos” de respetar nuestra lucha. Si vas a decir que AMLO nos va a convertir en Venezuela, al menos aprende a ubicar Venezuela en el mapa. Si crees que el aborto es un asesinato, conoce las perspectivas legales, sociales y médicas de este asunto, y no juzgues a las mujeres con base en tu propia experiencia; ten claro que no todas tienen “la fortuna” de recibir educación sexual, de tener acceso a anticonceptivos y de no ser violadas.  Es fácil atacar otras perspectivas, lo difícil es cuestionarnos por qué nos ofenden, desdoblar nuestras creencias y arriesgarnos a descubrir que el mundo no es como pensábamos.

“Yo estoy a favor del aborto, pero sólo en caso de violación”

“Creo que los gays pueden casarse, pero no deberían adoptar. Mejor que acepten sus limitantes biológicas…”

“Pinches feminazis, de todo se ofenden…”

 

Éstas y otra larga lista de estupideces salieron de mi boca alguna vez. Para llegar a comprender que estaba siendo ignorante y juzgona (entiéndase, estúpida) , tuve que darme de topes con la realidad, ahorcarme con mis propias contradicciones,  aceptar que lo que yo consideraba “bueno” no lo es universalmente y que el sólo hecho de interpretar nuestro entorno a partir de una moral rígida e impuesta nos da una perspectiva sesgada del mundo.

Mi deconstrucción continúa. Además de enfrentarme día a día con mis prejuicios, ahora me cuestiono si no estaré incurriendo en la misma necedad que critico al esperar que otras personas comiencen a cuestionarse. Por ahora, cuando veo una publicación que me resulta incomprensible, opto por dejarla en visto; no voy a opinar donde no se me ha pedido, ni pretendo adoctrinar a otros con mis ideales. Mientras se me ocurre una solución mejor que la sana distancia, seguiré viviendo mi propio proceso y mis acciones irán en consecuencia de éste, aunque esto implique poner ojos en blanco cada que reviso redes sociales y reducir mis charlas familiares a cómo está el clima y lo mucho que tiembla en la Ciudad de México.

 

 

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