“Y… ¿ahora qué?”

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Foto por: Julissa Medina

Despertaba en medio de una abrumante madrugada llena de recuerdos y pensamientos poco cuerdos, que giraban sobre mi mente como si fuesen planetas sobre su órbita. A penas y podía levantarme; no lograba ni siquiera inclinarme. Mi cabeza estaba a punto de estallar de semejante hecho. Una vez más… otra más… una última… Al fin logre sentarme sobre el filo de la cama, mis pies sintieron el frío del piso -que más que aquél, su similitud era más a una pista de hielo-. Me estremecí por el cumulo de dolores que asechaban mi cuerpo recién levantado. Pero aquellos planetas que giraban alrededor del sol hacían que el congelado piso fuese lo de menos.

Camine hasta el cuarto de baño. Me enjuague el rostro para despertar un poco más y así combatir con la fuerza de aquél sol aquellos angustiosos recuerdos y pensamientos que cada mañana no me permitían iniciar el día de “buena manera”. – ¡Maldición, que manera de comenzar otro día!–, me confrontaba a mí mismo frente al espejo, este un poco sucio y polvoriento. Camine nuevamente hacía mi habitación; espacio de cuatro paredes, una ventana vieja que rechina al abrirse, una cama casi a punto de ser -más que un agradable y confortable lugar para dormir y descansar-, basura de los miércoles. Bebí el resto de cerveza de una botella que había dejado la noche anterior; beber una cerveza antes de dormir era para mí como aquellas gotas de homeopatía que se consiguen por menos de cien monedas de bronce para poder dormir y evitar el insomnio.

Ésta la acompañe con un cigarrillo que tomé de mi chaqueta, me acerque al borde de la ventana vieja y comencé a fumar. No hacía nada más que sólo mirar aquella avenida solitaria y oscura. A pesar de que mi cotidianidad que se derrama por ella, esta vez le encontré un poco de novedad, me parecía extraña, como si no fuese la misma de siempre, en la que caminan cientos de personas a prisa por llegar a sus destinos; el señor del maletín y teléfono en mano; la señora con el hijo casi arrastrando por la acera; la pareja tomada de la mano evitando el mundo exterior; Don José saludándome desde la calle cada vez que nos encontramos con las miradas; etc. Me pregunté por qué en esta madrugada tan fría y agobiante, la avenida tiene otra existencia, más aún, por qué me genera cierta tranquilidad mirar a través de la ventana mientras fumo un cigarrillo barato a las cuatro de la mañana. Y… ¿ahora qué? Tranquilidad llena de recuerdos, pensamientos que me tienen encadenado sin permitirme avanzar, angustia derramada en la cotidianidad, deseo de mover las piezas para construir una realidad adversa; no significaba nada,  sólo es mi costumbre de encontrar un significado a todo aquello que me pasa. Dejo el resto de cigarrillo sobre el cenicero. Me abro paso, camino hacia la cama. Dejo caer mi soñoliento cuerpo.

Miro hacia el techo como si estuviera mirando las constelaciones del cielo. Cierro los ojos y me hago uno con mis sueños…

Por: Gerardo Flores

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