Tinderipia

Lo que la vida no te da Tinder no te lo presta

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La mayoría de los millennials no tenemos seguro social, fondo de ahorro, ni posibilidades de comprar una casa, pero Dios nos ha dado Tinder para que sepamos que no se ha olvidado de nosotros. Si usted tiene los suficientes recursos tecnológicos para babosear en blogs, probablemente ya está enterado de qué es Tinder, caso contrario, le resumo que se trata de una aplicación diseñada para conocer gente geográficamente cercana en tiempo real.  ¿Qué tipo de gente? La que uno elija con base en los parámetros de sexo y edad de su preferencia, por ejemplo, si planea encontrar marido, incluya en su búsqueda hombres de 27 a 34 años, si le agradan las MILF, busque mujeres de 35 a 50, y si lo único que añora es no morirse solo, pues olvídese de los filtros y déjese sorprender.

¿Qué hay que hacer para conocerles? Nada más que ver fotos suyas, leer una brevísima biografía y decidir si tal persona nos atrae o no; en caso de que la atracción sea mutua se vuelve posible iniciar una conversación, feliz casualidad conocida como match.  Para indicar que alguien nos gusta, basta con deslizar el dedo a la derecha de la pantalla, si no, deslícelo a la izquierda y rechácele directamente desde el lado del corazón. Así, con un simple movimiento se puede decir “sal de mi vista, por favor” o “ven, vamos a platicar”. En resumen, Tinder es como la vida, pero versión mejorada.

Además de las evidentes comodidades que implica ligar en piyama, una interacción con estas características le evita a uno todos los inconvenientes que surgen al tratar frente a frente con otro ser humano, como la lata de inventar un pretexto para acercarnos o, si es necesario, para alejarnos. Por ejemplo, si le damos like a alguien a quien le parecimos horrendos, dicha persona jamás será notificada de nuestro interés y uno podrá dormir tranquilo sin haberse enterado de este silente e inofensivo rechazo. Probablemente esta ilusión de seguridad y anonimato es la razón por la que ciertos hombres proceden a dar like indiscriminadamente, expectantes de que alguna incauta cometa un error de dedo.

Para aquellos intrépidos –por no decir desesperados- que no temen al rechazo, existe una función llamada superlike, la cual le anuncia nuestras intenciones a la persona objetivo sin necesidad de un match previo. Para evitar que aquellos con el like muy flojo anden prometiéndole cariño a medio Tinder, esta opción puede usarse un máximo de cinco veces por día. Lo lógico sería inferir que recibir un like de éstos fuese motivo de halago, sin embargo, en mi experiencia fueron más bien golpecitos de decepción. Creo que Allison Tierney, redactora de Vice, lo explica mejor: “No sé por qué —tal vez es el tipo de güeyes que atraigo— pero nueve de cada diez veces, los hombres que me dan superlikes (…) son los que menos dejaría que me tocaran o me metieran el pito”.

Dada la facilidad con que se puede acordar un encuentro, Tinder se ha ganado la fama de ser usado para fines casi exclusivamente sexuales; sin embargo, esta tendencia obedece más a la inquieta –por no decir sórdida y caliente- naturaleza humana que a las propias características de la app. En esencia, Tinder surgió para facilitar que la gente interesada en conocer gente se encuentre entre sí, lo cual ofrece otras posibilidades más variadas, aunque probablemente menos divertidas que el sexo. Por ejemplo, resulta útil si uno está de visita en otra ciudad, si quiere asistir a un evento que a ninguno de sus conocidos le interesa o incluso si le falta acompañante para una boda, claro que si esa boda es la de uno entonces el asunto sí podría resultar un poquito más complicado.

En mi caso, no instalé la aplicación con la finalidad de coger, aunque tampoco lo descartaba, es decir, a quien le dan pan… En realidad, empecé a tinderear por la confluencia de dos factores: en la misma época en que mandé (y fui mandada) a la verga por todos los güeyes que me circundaban, también estaba atravesando por una fea crisis económica. En pocas palabras, no tenía con quien salir ni dinero para hacerlo, entonces me pregunté si sería posible renovar mi cartera de candidatos desde la comodidad de mi casa. Y el resto historia. Elegí mis cinco mejores fotos, agregué una descripción más o menos realista y dejé que Tinder hiciera lo suyo.

A partir de ese momento pasé alegres horas viendo fotos de extraños y juzgándoles por su apariencia, a sabiendas, claro, de que alguien estaba haciendo exactamente lo mismo conmigo. Izquierda, Izquierda, Izquierda y así hasta el infinito, porque picky.  Luego derecha y  a esperar que surgiera la magia del match, y si no ocurría, no me daba el tiempo para decepcionarme porque aún habían miles y miles de perfiles por enviar a la sección de “no te quiero volver a ver”.

Aunque haya quien los coleccione, en realidad los matches sirven para algo más que nutrir el ego y la vanidad. En lo personal, nunca inicié una conversación, más por güevona que por diva, pero sí respondí a todo aquel que se animara a soltar la primera palabra. Ya en esta etapa, el éxito o el fracaso dependen de las habilidades sociales de cada quien, es decir, si eres un inepto para relacionarte cara a cara, es casi seguro que también lo serás virtualmente.  Hubo quienes en menos de tres minutos ya sugerían un encuentro (con fines sexuales, evidentemente), en su mayoría, hombres brutos y atrabancados que no alcanzan a entender que cuando una mujer chatea casi siempre está echada viendo caricaturas y no tiene intención alguna de afeitarse las piernas para ir a coger con un extraño. El resto de las conversaciones siguieron más o menos la misma dinámica de cuando recién se conoce a alguien, algunas nunca fluyeron y otras murieron gradualmente porque ninguno se interesó lo suficiente para evitarlo. En una semana mi balance fue de unos 25 matches que derivaron en unas 10 conversaciones, y de ésas sólo una se concretó en un encuentro que resultó ser el Golden Ticket en la barra de chocolate de las primeras citas.

Tanto fracaso en la vida se vio compensado por un triunfo en Tinder. Soy un extraño caso de serendipia tinderiana, también conocida como Tinderipia. Lancé la caña al agua sólo para ver si caía algo y terminé por descubrir un pececillo del que no hay registro en ningún libro de biología, aunque quizá  lo haya en alguno de poesía. Después de conocerle borré mi cuenta. Encontrar a una criatura atractiva, interesante y, lo más importante, interesada en uno, es un hallazgo tan insólito en Tinder como fuera de él.

En un principio, mi match y yo no sabíamos si contar cómo fue que nos encontramos. ¿Sería vergonzoso admitir que somos consecuencia de una decisión acertada del dedo índice? ¿Por qué? ¿Sólo porque la gente usa Tinder para coger? ¿Porque evidencia que uno es demasiado perezoso como para relacionarse de la manera tradicional? ¿Porque sistematiza la socialización y la reduce a una decisión dicotómica? Sí a todo eso; no obstante, conocer gente en redes sociales es un acto neutral cuya interpretación depende de la moral con que se juzgue.

Seguro habrá quien considere este tipo de recursos como una trampa de la sociedad individualista, otros dirán que el sexo siempre ha sido un juego y las apps sólo hacen las reglas más claras, pero para los que triunfamos en Tinder, los algoritmos son otra forma de destino.  Destino, sí, o de otro modo no habríamos nacido en la misma época ni vivido en la misma ciudad; no habríamos tindereado durante la misma semana, deslizado el dedo en la misma dirección, ni cumplido con nuestra palabra de presentarnos tal día, en tal lugar y a tal hora para compartir un té. Todo lo que ha ocurrido de allí en adelante ha sido mérito nuestro; lo que la vida no te da, Tinder no te lo presta.

Ilustración:Hipocampo   Facebook  Twitter    Instagram

Texto: Abril de Romero   Facebook       Twitter

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