Primer tatuaje: Cómo apuñalar los miedos con una aguja

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-¿Estás lista?-Me preguntó Valentín mientras sostenía la aguja a una pulgada de mi piel. No respondí. En ese instante nada de lo que estaba ocurriendo me pareció real, o mejor dicho, nada encajaba en lo que hasta hacía unos meses había sido mi realidad… pero ahí estaba, en la sala del departamento que empecé a compartir con un adorable hippie al que tenía una semana de conocer, viviendo en una colonia apodada el cementerio de elefantes (porque ahí ya no llega la luz)  con un porro preparado (para eso de los nervios) y a punto de permitir que alguien que armó su propia máquina para tatuar me hiciera un rayón permanente en el antebrazo.  ¿Qué demonios me había pasado? ¿En qué momento me convertí en el tipo de persona del que mis papás siempre me aconsejaron que me alejara?  ¿Qué fue de aquella niña ñoña cuyos profesores decían que se convertiría en un adulto modelo?

-No, no puedo. Perdón, Valentín… no estoy segura de hacerlo.-

-Está bien. Tomate el tiempo que necesites para pensarlo…-

 

Apareció la galería mental de mis temores: el tatuaje infectado, mi brazo cayéndose a pedacitos, mi mamá gritando que estoy arruinando mi vida, la familia murmurando a mis espaldas, la silente decepción de mi papá, las bromas punzantes de mis amigos… Yo, cinco años después, condenada eternamente a usar manga larga para ser aceptada de regreso en el estrecho universo de una empresa.

Me emboscaron todos los prejuicios que aprendí en el hogar. Si ahora tenía una perforación, fumaba weed y estaba en camino hacia mi primer tatuaje ¿Que seguiría luego? ¿Desempleo? ¿Orgías con LSD? ¿Desnudarme por dinero? ¿Ofrecer algún trabajito a cambio de un poco de piedra? ¿Visitar a mis papás para robarles dinero y un cuchillo de cocina y después asaltar una licorería? ¿Padecer la peor de las miserias hasta terminar agonizando debajo de un puente con una botella de alcohol del 96 en una mano y una mona en la otra mientras dedico mi último aliento a lamentarme por no haberlos escuchado? Entre tanta locura fatalista, le externé mis dudas a Valentín.

 

-Es que siempre he querido hacerlo, pero me da miedo lo que pueda pasar si después quiero buscar un trabajo de Godínez. Además, me aterra pensar en la reacción de mis papás. Suena tonto, considerando que vivo 600km lejos de ellos, pero así de grande es el pánico que les tengo.-

-Te entiendo.- Respondió Valentín.

Me costó creer que alguien que tenía más tatuajes que dedos comprendiera los temores de una mujercita criada en el seno de una tradicional familia de provincia.  Ante mi cara de escepticismo, Valentín continuó hablando.

-Mi papá era militar y yo crecí creyendo que también lo sería…  Aún sabiendo que lo mío era el arte,  me alivianaba pensar que siempre tendría la opción de un trabajo bien pagado dentro de la milicia, entonces, hacerme mi primer tatuaje fue como sellar esa puerta hacia la vida estable que mis papás pensaron para mí. Me quedó claro que desde que me rayara ya no me aceptarían en el ejército y de ahí en adelante tendría que trabajar por mi propio sueño… Y me aventé a hacerlo, porque así es esto, uno tiene que chingarle para hacerse de lo que quiere.

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-Valentín… Dale. Estoy lista. Yo también quiero quemar las naves.

-¿Segura? puedo hacerte sólo un punto para que sientas cómo es el proceso y decidas si quieres seguir…

-No. Dale. El dolor no es lo que me preocupa, de hecho creo que esto no podría dolerme más de lo que ya me han dolido los últimos tres meses.

-Va. Pues que se arme, así siempre recordarás que pudiste con eso…

 

Era cierto. Había podido con “eso”. Estaba entera, feliz y un poco más fuerte después de esa jodida etapa en la que viví tres separaciones en tres meses. Incluso había sobrevivido a mí misma y a mis cocteles Tijuana, potentes anestésicos hechos con tequila, sexo y mariguana. Todo eso había pasado, pero la persona a la que le ocurrió ya no existía, sólo quedaban las sobras de mí que tuve que pepenar para volver a armarme, pero, como buena pepenadora, me di el lujo de elegir lo que quería conservar. ¿Miedo al qué dirán? ¡Fuera! ¿Prejuicios aprendidos? ¡Bye! ¿Desconfianza respecto a mi propia capacidad? De eso un cachito, no me vaya yo a creer que ya lo puedo todo.

La gente dice que uno no debe tomar decisiones importantes cuando tiene nublado el juicio, por ejemplo,  cometer la imprudencia de casarse estando enamorado o tatuarse en medio de una crisis existencial; pero ya no me sentía en crisis. Al contrario, yo era el damnificado que sobrevivió a la inundación y empieza a construir su hogar con lo que dejó la tormenta. Estaba casi lista para marcar un nuevo comienzo:

-Oye Valentín… ¿Y si en cinco o seis años el tatuaje ya no tiene ningún sentido para mí?

-Yo no le veo mucho problema a eso, con los tatuajes pasa que uno siempre puede mirarlos y recordar qué persona era cuando decidió hacérselos ¿Qué más significado que eso?

 

Era verdad. Si de todas formas la vida deja cicatrices, qué mejor elegir dónde y de qué forma las quieres. Puse música, fue una hermosa coincidencia que ambos fuéramos fanáticos del Cuarteto de nos. Yo prendí el porro y Valentín la máquina. Me di un toque y sentí el primer pinchazo de mi nueva vida.

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Entré en una especie de trance inducido por las vibraciones, por el doloroso placer de clavarme mis decisiones y por la canción Cuando sea grande del Cuarteto de Nos retumbando en mi consciencia, “No quiero a tu edad quedar obsoleto, ni perder el vigor ni decir sin rigor que todo tiempo pasado siempre fue mejor”. La adrenalina arrollando mis antiguos temores, mi futuro trazándose a mi gusto. “Ni llegar a mi casa ofuscado y molesto, no quiero estar cansado de llevarme puesto…”. El miedo a desafiar las creencias de mi familia reventando piquete a piquete. “No quiero manejar tus mismos valores, ni que cada día sean igual a los anteriores”. La libertad surcándome la piel, eligiendo punto a punto mis errores. “Pero si ofendo, pido perdón.  Cuando sea grande, no quiero ser como vos…”.

 

Dos horas después terminamos. Mi brazo estaba hinchado, pero no tanto como mi voluntad. En el proceso descubrí que tengo un lado masoquista bastante desarrollado porque de haber sido por mí habría podido seguir y seguir…

-¿Seguro que ya acabamos, Valentín? ¿No crees que aquí podrías rellenarlo? Yo creo que aquí podría quedar más remarcado.

– ¡Ja! No. Ya está hecho, pero si te gustó puedes buscarme para tu siguiente rayón.

 

Seguro lo haré. De hecho antes de hacerme el primero ya tenía en mente los otros cuatro. Después de esta experiencia no puedo resistirme al placer de usar mi piel como lienzo de mi ideología porque, admitámoslo, en una realidad donde a uno se le exige trabajar, se le dice qué pensar,  qué comprar, cuándo descansar y cómo vivir;  uno no puede dejar pasar la libertad de usar su cuerpo como medio de expresión; así si uno quiere hincharlo en el gimnasio, adelgazarlo, anestesiarlo, atiborrarlo de colesterol, recluirlo en un traje sastre o rayarle cuánta cosa se le ocurra, es una decisión que sólo involucra al portador de ese cuerpo tatuado, fornido o maltrecho.

 

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Todavía es muy pronto para saber si me arrepentiré, si pronto me habré hartado de explicarles a los demás qué significan las marcas en mi cuerpo o si algún día me odiaré por haber hecho visibles y permanentes mis desequilibrios emocionales. Sin embargo, tampoco es asunto que me quite el sueño. Ese caracol en mi antebrazo ya se ha convertido en un punto de inflexión en mi vida y lo peor que puede pasar es que llegué a considerarlo un gramo más en la tonelada de cosas que me desagradan de mí; y tal como he hecho con el resto de mis defectos, llegaré a aceptarlo, asumirlo y aprender a vivir con él. Incluso, si algún día mis cicatrices me parecen inaguantables, siempre podré removerlas a cambio de dinero, dolor y mucha humildad para reconocer que quienes me dijeron que no lo hiciera tenían su parte de razón.

 

Texto: Abril de Romero

Facebook: Abril de Romero-MissAntropía

Twitter: @abrilderomero

 

Ilustrador corporal y fotografías: Valentín Palmieri

Facebook: Valentín Palmieri


 

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