Pinches viejas

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-Otra, por la que se fue…

-Las que sean necesarias, compa.

Sí, dije “compa” porque así hablo después de cinco tequilas o su equivalente en whisky, medida que despierta mi modo jalisciense, una curiosa miscelánea entre macho de cantina, tía borracha y reina gay.  Con manitas torpes tomé el vaso que Sam me estaba pasando y le preparé otro trago; heridas como la suya sólo pueden sanarse con alcohol.

-Es que, ¿por qué?, si le di todo…

-Yo diría que hasta de más…

-Ya me lo habían dicho, a las mujeres ni todo el amor, ni todo el dinero… ¡Pinches viejas!

-¡Pinches viejas!- Me solidaricé alzando mi vaso a sabiendas de que por “viejas” nos estábamos refiriendo específicamente a la bruja ésa a la que le confié a mi amigo y me lo regresó lloroso, dolido y maltrecho.

 

Antes de esa noche tenía meses sin ver a Sam, casualmente el mismo tiempo que él llevaba en una relación seria. Al parecer su ahora ex-noviecilla era de ésas que en automático odian a toda mujer que no esté emparentada con su pareja. Que Sam pusiera nuestra amistad en stand by no me generó demasiado conflicto, después de todo la susodicha le ofrecía algo que a  sus amigos no nos corresponde darle. La mayoría de la gente cuando tiene que elegir entre cuates o sexo, termina por confiar en la solidez de sus amistades. Eso, en nuestro círculo, es lo que llamamos “aplicar un Pandora”, en homenaje a aquella amiga que con las llaves del búngalo en el bolso se fue a coger a quién sabe dónde, dejándonos en la intemperie hasta la tarde del día siguiente. Y así de culera y desconsiderada la seguimos amando porque la amistad es, en principio, un espacio de libertad y complicidad.

 

-Hay que vernos, necesito alcohol ¡Ya! –Me escribió Sam, unas horas antes.

-¿Todo bien, Samy?

-No, ya valió verga con esta vieja.

-Te veo en mi oficina en dos horas.

 

Otro punto a favor de los amigos es que sin importar cuánto se ausente uno, siempre se puede acudir a ellos y ser recibido como si el tiempo no hubiese pasado. Que entre tantas personas Sam decidiera hablarme a mí no era raro, él siempre me ha visto como una dudette, (o sea, una chica a la que se le puede dar trato de dude) y lo que tenemos las de mi especie es que sabemos escuchar con la empatía de una mujer pero aguantamos la peda con la determinación y el hígado de un bohemio cuarentón depresivo y dos veces divorciado.

Esperé a Sam en una de las tres mesas de La Malquerida, la oficina donde despacho de jueves a sábado.  En cuanto lo vi supe que en verdad la estaba pasando mal, sus ojeras y hombros colgaban casi hasta el suelo evidenciando un dolor que ya no era capaz de cargar por sí solo. Se sentó a mí lado y sin preguntarle nada le acerqué mi caguama. Hablamos de trivialidades hasta que el alcohol le ayudó a aflojar la pena que traía en el pecho:

-Cómo ves que ya fue con esta morra…

-¿Y eso?

-Ni sé, ya traíamos problemas pero no pensé que llegaríamos a esto…

– ¿Qué te dijo?

-Puras ridiculeces, es que neta, pinches viejas, nunca saben lo que quieren…

 

Quizá si Samuel hubiera escuchado con atención alguna de esas ridiculeces no estaría llorando las consecuencias de su sordera, pero eso no me tocaba a mí decírselo, el remordimiento tiene la cualidad de aparecerse por sí solo. Hablamos de ella un largo rato, no podría precisar cuánto porque esa noche medimos el tiempo en caguamas que tampoco supimos contar.

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-Y ahora, ¿qué hago para olvidarla? – Me preguntó Sam cuando por un momento logró calmar a tragos el ardor que había estado sintiendo.

-Lamento decírtelo, amigo, pero estas heridas sólo sanan con el tiempo.

-¿Y mientras?

-Mmm… Vamos a mi casa, creo que tengo justo lo que necesitas.

-No mames, ¿vas a tratar de seducirme ahorita que ando agüitado?, neta eres un bato.

-No, idiota, es otra cosa… y siéntete honrado porque es algo que no he compartido con nadie.

-Ok, entonces definitivamente no es sexo.

 

Camino a mi departamento compramos una botella de tequila. Yo habría preferido whisky pero no era mi corazón el que estaba roto.

-Y bien ¿Qué es lo que quieres mostrarme?- Dijo Sam mientras servía los tragos desde la comodidad de mi sillón rojo para visitas.

-Cierra los ojos.

Pena tras pena, las que destrozan mi vida…– Sonó recio El Recodo en las bocinas de la sala.

-¿Qué mierda es eso?- Dijo el rockerito mamón que tres tequilas después terminaría cantando las de Jenni Rivera.

-Es mi playlist para malheridos y ardidos. Se llama mexican curiouspuro mariachi, banda, norteño, grupero, ranchero y derivados. Justo lo que necesitas.

-¿Es en serio?

-Claro, cabrón,  desde la primera vez que me rompieron el corazón entendí que no hay nada más liberador que aullar Paloma Negra.

-Mmmta, sí es cierto, recuerdo esa rachita en que cada peda pedías Belleza de Cantina.

            -Sí, y hasta dónde sé,  sé que sigue tan hermosa, sé que sigue tan graciosa, pero es sólo su envoltura, lo que lleva adentro es basura…

            -A ver, ponla…

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Así como no queriendo se nos fue el resto de la noche tratando de hallar el olvido al estilo Jalisco, pero a Sam, igualito que a José Alfredo, aquel tequila y aquellos mariachis lo hicieron llorar. Antes del amanecer, se quedó dormido en ese sillón rojo que a tantos borrachos ha recibido, el mismo que si hablara ya me habría exigido que lo lavara.

-¿Cómo te sientes?- Le pregunté una vez que el sol de mediodía lo obligó a salir de su oasis.

-De la verga, estoy bien crudo… y aun así creo que estoy mejor de como llegué.

-Era la idea.

-Gracias.- Dijo mientras recogía sus cosas de la mesa. –Y ahora, ¿qué sigue?

-Nada más que esperar.

-No mames, eres psicóloga ¿Neta ése es el único consejo que puedes darme?

-Bueno, como psicóloga te recomiendo seguir con la terapia de alcohol, compas y banda, pero será necesario que me invites para que cuentes con la supervisión de una profesional.

 

Sam sonrió poquito y se fue de mi casa un poco menos triste que como llegó la noche anterior. A partir de ese día hablamos mucho más seguido que antes, al menos cada vez que era necesario. Había semanas en que me marcaba a diario sólo para decirme “Ahora qué crees que hizo esta vieja” y otras en las que no sabía nada de él. Hablamos tanto del mismo tema que ahora siento que sé todo de ella,  desde cómo es la relación con su madre hasta con qué fruta se pueden comparar sus senos; mandarinas maduras, por si tenían el pendiente.

Nos tomamos su proceso terapéutico con la misma seriedad con que nos tomamos cada una de las botellas que le dedicamos a la susodicha, porque la única manera de superar el dolor es dejarlo doler y qué mejor si es acompañado de los amigos, la bebida y la música de nuestra preferencia. El mal de amores, aunque suena paradójico, sólo se sana con amor, sí, amor por lo que se hace, por lo que se ha vivido, por quienes nos prestan su tiempo y sus oídos y por la persona en que uno se convierte después de verse obligado a volver a armarse, con “r” y sin ella.

Poco a poco las tertulias fueron cambiando de tono hasta que llegó el día en que llegamos a brindar por puro placer. Durante un tiempo seguimos siendo bohemios, pero de afición, de esos que dan su corazón tan sólo una semana, que se quitan la camisa por un buen amigo y de los que hoy viven millonarios, mañana mendigos.

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Sam sanó tanto, que volvió a desaparecer.

-¿Cómo estás amigo?, ¿todo bien?- Le escribí hace un par de semanas.

-Sí, sólo que ando en chinga con varias cosas. No te conté, pero estoy volviendo a salir con esta niña…

 

Y así, la pinche vieja regresó a su condición de niña. ¿Qué se le va a hacer?, como diría José Alfredo: otra vez a brindar con extraños y a llorar por los mismos dolores. En fin, por mi parte sólo puedo esperar que todo nos salga bien, mi hígado ya no podría soportar otra ruptura amorosa, o tal vez sí, después de todo ya lo –disque- cantó Joaquín Sabina: las amarguras no son amargas cuando las canta Chabela Vargas o las escribe un tal José Alfredo.

 

 

Texto: Abril de Romero

Fotografías: Alberto López

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