#EstoEsUnInfierno

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Después de una hora buscando mis llaves, acepté los hechos: las dejé pegadas a la puerta, mis vecinos las tomaron y entrarían a robar en cualquier momento. Desde que se mudaron me pareció que había algo falso en ellos, ella finge orgasmos y él usa playeras de Ferrari, aunque ni siquiera tiene coche. La única solución era cambiar la chapa. Quise llamar al cerrajero, pero no encontré mi celular, seguro los vecinos ya habían entrado por él… Incluso aparecieran mis llaves, todo estaba perdido, habían tenido tiempo suficiente para sacarles una copia y aprovecharían cualquier descuido para venir por lo demás. “Esto es un infierno”, exclamé antes de echarme a llorar sobre el sillón. Bajo mis lágrimas encontré las llaves, el celular estaba sobre la mesa; lo único que sigue desaparecido es mi estabilidad emocional.

A la semana de este penoso episodio, comencé a sentir una punzada en la espalda que se agudizaba cada que estiraba los brazos o estornudaba (quién me conozca sabrá que ambas cosas me pasan muchas veces al día). Cuando el dolor se hizo presente también al reír o respirar, busqué ayuda. Para salir rápido del asunto, fui a que me dieran un masaje en un localito dentro del metro cuyo anunció decía: “Se curan dolores de espalda”. La masajista era una mujer ciega que, según entendí, veía con las manos. Le dije dónde me dolía, me embadurnó en aceite y comenzó a hacer presión en la contractura que ya para ese entonces estaba inflamada y caliente:

-¿Puedo hacerte un par de preguntas un poco…mmm… fuertes?

-Ajam…- Dije con la cara embarrada en una sábana áspera.

-¿Tienes SIDA o cáncer?

-No… que yo sepa, ¿por qué?

-Es que tu piel está tiesa, acartonada… una piel así de fea sólo se siente en personas con enfermedades graves… – Luego, otra media hora de presionar el área adolorida y lastimarme los nervios y el ego con más suposiciones sobre mi estado de salud. Terminó la sesión con una sugerencia:

-No estaría de más que vayas a un médico… La mujer de mi hermano tenía un dolor así y resultó que era cáncer de pulmón.

Al día siguiente del masaje más estresante de la historia, me brotaron unas ronchas en la zona inflamada, supuse que un bicho me había picado y culpé a la ciega por infectarme la piel igual que lo hizo con el pensamiento. Dos días después, el dolor era insoportable y los supuestos piquetes de pulga se convirtieron en ampollas. Cuando reventó la primera y yo seguía sin desarrollar alguna clase de superpoder, supe que algo raro estaba pasando. Googleé mis síntomas, sólo diré que la ciega fue un poco más optimista que lo que encontré en Internet… Y entonces sí me sentí en el infierno.

Le llevé mi piel en llamas a un médico, luego a otro y a otro hasta que tuve suficiente información para encontrar un diagnóstico que explicara la intensidad del dolor, sin implicar una muerte horrible y prematura. En resumen, me brotó un tipo de herpes que es más común en los ancianos o en las personas con un sistema inmunológico débil. ¿El pronóstico? No hay más cura que el tiempo. Las ampollas como llegan se van y lo único que uno puede hacer es esperar con un coctel de Ibuprofeno y Aciclovir a la mano.

-Es por el alcohol, te baja las defensas… por eso siempre te digo que te calmes y no abuses de la libertad…- Me dijo mi mamá cuando la llamé para contarle. Otra roncha brotó en cuanto colgamos.

-Esa enfermedad es de viejitos…- Respondió mi jefe al explicarle por qué me ausenté un par de días. Y no, no disminuyó mi carga de trabajo.

Estuve días haciéndome reproches, escupiendo quejas y regañándome por tener un cuerpo tan débil y una mente tan intensa. El enojo, por cierto, avivaba el ardor de las ronchas. No es casualidad que al herpes también le llamen fuego.

Cuando asumí que no tenía más opción que llevar a cuestas la vergüenza de mi debilidad inmunológica, me relajé. Todos los días después del trabajo, en vez de llegar a casa a forzarme a atender otros asuntos (entre ellos esta columna), me echaba al sillón, ya no hay llorar, sino a ver caricaturas. Invité a mis amigos, alguien trajo whisky y les conté de mi roña, en vez de juzgarme, me hablaron de sus propios fuegos. Juan, mi amigo cantante, cuando se estresa enferma de gripa y pierde la voz. A Fer, su novia, le deja de bajar y eso, por supuesto, no abona a la tranquilidad de Juan. No es que me alegraran sus dificultades, pero fue reconfortante comprobar que la realidad también es estresante para personas que considero mentalmente poquito más sanas que yo.

A semanas del incendio, aún queda un ligero ardor y un par costritas que he decidido ignorar porque, de detenerme a verlas, seguramente volvería a prenderlas. La salida del infierno está llena de retornos.

Imagen: Víctor Flores

Texto: Abril de Romero

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