El día que descubrí que soy un perro

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Yo era el tipo de persona que no podía decir: “ese perro es lindo”, sin agregar: “para un abrigo”; luego la vida dio varias vueltas y un par de volcaduras, y sin haberlo imaginado terminé compartiendo departamento con un adorable hippie llamado Sahib (sí, desde que nació se decretó que sería hippie) y sus dos peludos roomies: Camila y Romeo. Una es una juguetona labradora y el otro un hermoso y melancólico pug que accidentalmente quedó tuerto y ciego (así es, sólo tiene un ojo que no sirve).

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Romeo, Abril  y Camila

 

Sahib es del tipo de personas que fluye con la vida, por eso no es de extrañar que un día esté en casa preparando pozole vegano y al siguiente anuncie que se irá por tiempo indeterminado a un retiro-espiritual-temazcal-kármico-cósmico. Romeo viajaría con él y yo me ofrecí como tutora de Camila. ¿Qué tan difícil podría ser? A lo que observé, cuidarla consistía básicamente en proveerle alimento dos veces al día y luego acompañarla a que se deshiciera de lo proveído. Lo que no tenía previsto es lo complaciente que uno se puede volver  ante una criatura que brinca de gusto al verte y te hace sentir como si fueras el ser más maravilloso del universo, sin importar que quien te conoce tenga razones bien justificadas para opinar lo contrario.

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Jack, dador de sonrisas, te acompaña paciente y sin esperar alguna recompensa. Nunca pide nada, bueno, lo único que mira con cara de súplica es tu mano cuando escucha que has trozado chicharrón.

No podría precisar en qué momento caí en sus amorosas garritas pero cuando me di cuenta, Camila ocupaba un enorme lugar en mi rutina y en mi espacio personal. El primer día solas, me limité a decirle “buenas noches” antes de cerrarle la puerta de mi cuarto. Una semana después ya le permití dormir en mi cama individual, o mejor dicho, ella me dejó acostarme en el cachito de colchón que quedó libre. Como sucede en toda relación, también ha habido algunas diferencias, como aquella tarde en que encontré el cadáver del servilletero de madera que me regaló mi abuela. Aunque tenía toda la intención de regañarla, me detuve cuando demostró con su colita y orejas cuan arrepentida estaba de haberlo mordisqueado hasta la muerte. Mi única medida disciplinaria fue comprarle juguetes nuevos para que ya no rompiera los míos.

Alguna vez me he preguntado si no la estaré consintiendo demasiado. Esto lo pensé cuando me sorprendí a mí misma en cuclillas junto a su plato de croquetas, hablándole con voz de Yuya y vitoreando cada bocado que daba, porque la señorita se negaba a comer si no recibía la atención suficiente. En ese momento descubrí que no sólo había sido una dog lover de closet, sino que también puedo ser tan dócil que hasta un perro puede domesticarme.

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El guapo

Varios estudios científicos han revelado que preferir una determinada mascota puede definir tu personalidad, lo cual demuestra principalmente que hay investigadores a los que les sobra tiempo libre. Obviamente elegimos la mascota que va mejor con nuestra forma de ser. Si uno quiere conocer poco pero rápido a alguien basta con indagar si es gente de perros o de gatos, aunque ante esta pregunta nunca falta el guarro que responde “a mí lo que me gustan son las gatas…” (sí Samuel, lo digo por ti y en tu caso es chistoso porque es cierto).

Tanto canes como felinos pueden ser igual de juguetones, amorosos y leales; no obstante hay características que se asocian más a unos que otros. Por ejemplo, se suele decir que los perros son más sociables, dóciles, bonachones  y en consecuencia, absurda e incondicionalmente leales; mientras que los gatos tienden a ser más libres, independientes, altivos y un tanto místicos, no en balde se les acusa de desafiar a la gravedad (porque siempre caen de pie), a la muerte (con sus siete vidas), a Dios (por aquello de que tienen un pelo del diablo) e incluso a la especie humana (existe una teoría que los señala como conspiradores extraterrestres que buscan nuestra aniquilación).

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Filomena (Filo). Es tímida y la mayoría del tiempo no le gusta estar sola. Impertinente, cínica y egocéntrica, tanto que hasta tiene su propia fanpage)

 

Uno de esos estudios, tan confiables como todo artículo en Internet, afirmaba que quienes prefieren a los gatos son más introvertidos, sensibles, tienen la mente más abierta y otras virtudes que seguro a los catlovers les encantará atribuirse. También se dice que son gente más creativa y menos conformista, y puede que tengan su parte de razón. Uno de los principales reproches que se les hace a los gatos es que no están pegados a las faldas de su dueño, pero ese reproche por lo regular viene de la gente de perros, porque los del otro bando lo último que desean es que alguien les demande atención constante. Por algo las solteronas locas de las caricaturas prefieren a los felinos, pues de haber querido una criatura babosa y peluda tras ellas se habrían buscado un marido; mientras que un gato se mantiene lo suficientemente cerca para acompañarte e inspirarte pero a la distancia prudente para que ninguno de los dos se sienta invadido

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Felina “La guapa” Thunder. Compañera mágica con ojos que invitan a contemplar la vida

Pese a mi supuesta misantropía, yo me considero una persona de perros pues, si Camila puede convencerme de sacarla a pasear aun cuando tengo fiebre, un gato podría persuadirme incluso de conquistar el mundo (sobre todo si se llama Salem). Así como las mascotas quieren al humano en turno que les da de croquetas y atención; mi yo-perro quiere ciegamente a los que me dan cariño y apapacho. Me gusta estar cerca de la gente que quiero y si  me siento excluida lloriqueo igual que un cachorro al que acaban de dejar solo. Mi forma de demostrar cariño es hosca y torpe, como la del pastor alemán que de tanto querer a su dueño, puede terminar por quebrarle la cadera. Si el humano de mis afectos me habla bonito, sonrío, me vuelo y a veces hasta babeo; afortunadamente, esto sólo me ocurre con mis seres queridos porque a todos los demás les puedo ladrar con gusto, a menos de que me den una razón para quererlos y entonces se me olvide por qué les estaba gruñendo. Y esa corta memoria, mezclada con la necesidad constante de atención es lo más feo de ser un perro: a veces la gente te cierra la puerta en la cara, porque sabe que ahí vas a seguir si la vuelven a abrir.

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Lady, alias “Memito”. Fiel compañera y miembro de una familia. Auténtica e incondicional. Tiene una conexión espiritual con un humano llamado Carlos. Ella sabe que algún día volverán a jugar juntos.

Perro nada de esto quiere decir que todo el tiempo y con toda la gente impera en mí la vulnerabilidad canina, pues en hartas circunstancias me he comportado cual gata (pero no de las que le gustan a Samuel). Otras veces he actuado con la nobleza de una serpiente, el recato de un mono, la inteligencia de un pez o el encanto de un gremblin; porque  así es la vida, a veces somos Odie, otras Garfield y cuando peor nos va, Jon Bonachon.

En la zoo-ciedad, hay gente con temperamento de gato, de perro  y de perro guardián, que son esos que ladran incluso antes de saludar; de rata, de mono, de pájaros y de reptiles, quienes suelen tener el perfil psicológico de Voldemort. Y para quienes prefieren cuidar algo que no expulse fluidos, siempre está la opción de tener una planta, que son las preferidas de los que menos piden y más dan, como las mamás y las abuelitas. También hay personas que sólo serían capaces de cuidar un cactus, criaturas que como los que los eligen, lo único que requieren es espacio para dejar crecer sus espinas.

Independientemente que uno sea de perros o de gatos, de cuervos o de avestruces,  si algo tienen en común los Jon Bonachon del mundo es que en su mayoría son personas responsables y capaces de comprometerse con una forma de vida cuyo bienestar depende enteramente de quienes les cuidan. Es lo que Milan Kundera en La insoportable levedad del ser llama “terrible confianza” porque para ellos cada cosa que les decimos es verdadera, sin importar que uno no sea de fiar ni para sí mismo.  De modo que podríamos proponer otras categorías para dividir a la humanidad, por ejemplo, gente de mascotas y gente sin alma, pero ese tema ya será asunto para algún científico desquehacerado.

 

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Camila después de leer este artículo

 

Texto: Abril de Romero y Camila

Facebook: Abril de Romero -MissAntropía

Fotos: Colaboración de los lectores de Whisky con papas

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