Planeábamos salir de la ciudad a las 3 de la tarde, pero abrimos la primera caguama y todo valió madre. Tuvimos tres horas de retraso…

Aceleramos para salir de Jalisco antes del oscurecer. Pusimos tanque lleno y en el lago de Pátzcuaro ya nos habíamos mamado medio tanque. El carro bufaba como puerco en matadero. Cuando cruzamos el estado de México el coche temblaba machín, parecía vibrador y sonaba como motocicleta. Comenzamos a analizar el caso con elaboradas hipótesis: “creo que le hizo daño tanta puta gasolina”, “debe ser que la subida está cabrona”, “¿no hay pedo si prendo un cigarro?”. De pronto, un pinche gato cruzó la carretera valiéndole madres. El pendejo del vocalista dio un volantazo a la izquierda y por poco se estampa en una boya, nuevo volantazo a la derecha, otro a la izquierda, quemón de llanta y frenón en seco. Volteamos a vernos y nos dimos cuenta que teníamos cara de pendejos.

Pablito Arteaga rompió la tensión: “muchachos, creo que me cagué…”. Un olor a mierda inundó el carro y en pocos segundos estábamos en una cámara de gas. Si en verdad era caca aquello que olíamos, estaba bien piche aceda y añeja, como si la hubieran dejado reposar en una barrica. Abrimos las ventanas y el olor a cagada no cedía, “perdón, el susto me aflojó el mastique”, dijo.

Nos paramos a revisar el motor y el Masturberto dio un certero diagnóstico digno de un físico nuclear: “creo que algo se puteó, pero a ciencia cierta no sé qué es…”. Pablito se veía preocupado por controlar sus esfínteres, su rostro era como el de un cristo agonizante. Decidimos subirnos al carro y pisarle hasta donde se pudiera. Nos preocupaba que otro pedo se escapara del chicloso de Pablito. 

Por suerte, al lado de un bule de esos que hay en la carretera, encontramos un taller mecánico abierto. Eran las 12 de la noche y hacía un frío de la chingada. Una prostituta nos miró de arriba abajo antes de subirse a un coche. Fue imposible no pensar en ella cogiendo bien duro en el asiento trasero. En eso, un perro negro se acercó a olernos los güevos, quiso montar una pierna, pero el mecánico lo interrumpió y dijo “aquí está el problema…la bujía está hecha mierda, el casquillo de la cabeza valió verga… lo tienen que dejar hasta mañana, hay que hacer la pieza en un torno”. 

Aún faltaba más de una hora para llegar a Ecatepunk. El mecánico se dio cuenta que estábamos valiendo madres y nos dijo como un sabio de la montaña: “conozco un compa que tiene camioneta, los puede acercar”. Sentimos que un rayo de luz emanaba del cielo e iluminaba nuestras cabezas, volteamos para arriba y vimos que la lámpara de un poste se había prendido. Minutos después, llegó un sujeto guapachoso, trompudo de a madres y con un acento chingonsísimo que nos recordó a varias películas de Rafael Inclán. Nos invitó a subir a su nave, nos sentíamos como quinceañeras que iban a perder su virginidad en el bosque. En eso, el conductor se salió de la carretera y se metió a una brecha de terrenos baldíos. “Nos van a robar”, pensamos, “nos van a robar y luego a cogernos”, volvimos a pensar. Estábamos culeados.

Finalmente, llegamos a destino. Al estacionarnos, de tres camionetas misteriosas bajaron 30 cabrones que nos rodearon, se sacaron la verga y empezaron a miar. Nunca habíamos estado en un perímetro de miados tan grande, era hermoso, un milagro de la naturaleza.

Ya instalados en Ecatepunk agarramos cama y dormimos sólo 3 horas. Nos levantamos con el fierro bien erecto y después de echarnos una caca mañanera, nos maquillamos y salimos al Chopo como provincianos. Nos trepamos al Maxibus y al Metro vestidos de indigentes, oliendo a mierda. Ahí sentimos el rigor de la ciudad. La gente se nos quedaba viendo, nos pitaba desde su coche, nos sacaba la vuelta y nos chiflaba al pasar. Nos dimos cuenta que en el CDMX la gente no ha perdido la capacidad de sorpresa.

Estábamos cansados por el viaje, pero firmes, como los músicos del Titanic. Llegando al Chopo nos ofrecieron un jugo de peyote, mota y hoja de coca. Nos lo bebimos mientras llegábamos al escenario. Ahí, pagamos $400 por la renta de equipo. Se hizo un sorteo para decidir el orden de las bandas. Pensamos “el guitarrista trae la suerte”, pero el pendejo sacó un papel con el número 1 y nos tocó abrir el pinche evento. Nos conectamos en putiza, sin sonorizar. Una mujer se acercó y nos amenazó “sólo les quedan 20 minutos, ustedes sabrán si se hacen pendejos”. Otro sujeto de mocasines dijo a nuestro vocalista “oye, necesito que entre canción y canción le digas a la banda que no puede consumir drogas ni beber alcohol en este lugar. Diles acerca de mantener una sana convivencia. Hemos tenido problemas con la policía y estos pinches pseudorebeldes no entienden que este no es lugar para pachequearse… va a haber una redada a las dos… eso no lo digas”.

El vocal se quedó tieso como un pendejo y dijo con su elocuencia tapatía “ey”. Los Rucos comenzaron a sonar y el espectáculo tronó potente. A la primera oportunidad el vocal gritó “¡Hoy es un día especial para ponerse hasta la madre, meterse cocaína por el culo, coger con ancianas, inyectarse krokodil y tomarse unos caguamones locos!”. El grito de aprobación fue unánime. Los organizadores veían al grupo desde un extremo. Estaban emputados.

La misma persona de los mocasines se acercó a Pablo Favela y le dijo “ya párenle, se acabó el tiempo”. Paramos el toquín abruptamente: sólo habíamos tocado cuatro canciones. Antes de irnos el vocalista dijo “una mequeada no se le niega a nadie”, se sacó la verga y eyaculó a un anciano que tomaba fotos desde la primera fila. La banda se cagó de la risa. Otro organizador se acercó y nos dijo molesto “el micrófono está lleno de sangre ¡límpienlo!”. Decidimos mandarlo a la verga. Sentimos que los $400 pesos que pagamos nos daban derecho a restregarnos los güevos en cada uno de los micrófonos en caso de considerarlo necesario.

El público nos trató chingón, se tomó fotos, nos agarró las nalgas y hasta le dimos un autógrafo a algún despistado que nos confundió con los Guapayasos.  A los 30 minutos nos retiramos del lugar en busca de unas quesadillas de hongos. Tragamos como puercos mientras nos enterábamos que las quesadillas no necesariamente deben de tener queso.

 “Quieren desaparecer al Chopo”, escuchamos mientras comíamos. Era verdad, lo que vimos ahí no correspondía con la leyenda del lugar. Los organizadores estaban ariscos, se mostraban tensos con el público. Parecían obsesionados con suavizar al tianguis.

Regresamos a Ecatepunk oliendo a carne podrida. Nos presentaríamos en un lugar llamado El Cuarto de Arriba a las 11 de la noche. En el metro de regreso sentimos que nos atacaba el mal del puerco. Un cabrón se subíó con una bolsa en las manos y dijo “antes yo era ratero, pero hoy prefiero pedir dinero. Saquen aunque sea un peso… pinches miserables”. No le dimos ni vergas, pues el puto mecánico nos llamó para decirnos que la compostura del coche saldría en 2500 varos; sentimos que el mecánico nos penetraba por el chiquito y sin vaselina.

A pesar de nuestra crisis, en Ecaterror nos chingamos varias caguamas durante la tarde. Estando crudopedos, sacamos una botella de tequila que reservamos para la ocasión y tocamos bien macizo, queríamos recuperar el toquín frustrado de la mañana. Bajamos del escenario con la adrenalina al tope.

A la 1 de la mañana, nos salimos disfrazados a caminar por las calles de Ecatepunk; sentíamos que estábamos en los Campos Elíseos, excepto por un ligero olor a cagada que llamó nuestra atención. En poco tiempo encontramos una pulcata y pedimos unos litros: la baba de los curados sabía a puta gloria.

Terminamos hasta el culo y nos dormimos maquillados, tronando pedos al aire y compartiendo eructos. Al otro día cagamos bien aguado y comimos pancita con un chingo de quesadillas de hongos. Regresamos hinchados y flatulentos. Estábamos satisfechos, como después de una buena puñeta colectiva. En el camino vimos cómo Ecatepunk se alejaba mientras un nuevo olor a mierda impregnaba el carro. Éramos los mismos, pero dentro de nosotros algo había cambiado. Diarrea, le llaman.

Prometemos regresar… ahora la vaselina irá por nuestra cuenta.

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