No nací aquí, pero aquí me hice

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Crónica de una tapatía en el sismo de CDMX

La alarma no sonó, supe que estaba temblando cuando la mesa en la que trabajaba empezó a sacudirse. Corrimos hasta las escaleras que, para ese instante, ya estaban atiborradas de oficinistas en pánico. Se fue la luz, pedazos de acabado cayeron sobre nuestras cabezas, por suerte, solo un piso me separaba de la salida.

Afuera del edificio, lo primero que hice fue revisar Twitter. Lo que sea que estuviera pasando sería tuiteado. Un sismo, 7.1 grados, rumores de un edificio derrumbado, de inmediato reconocí el lugar de la foto, estaba a dos calles de mi casa; a la vuelta, rumores de un incendio. Entonces experimenté un miedo completamente diferente. Ya no me preocupaba mi seguridad, sino la de mis seres queridos: Valeria, Nini, nuestra casa. Supongo que es el tipo de miedo que sólo sienten los adultos, el mismo que les da a los papás, pero uno no entiende hasta que vive la responsabilidad de cuidar de otros.

Como buena millennial, lo único que saqué de la oficina durante el sismo fue mi celular. Al constatar que las llamadas no entraban, corrí de Roma Norte a Roma Sur. A mi paso vi fachadas derrotadas, Godínez expectantes, padres afuera de las escuelas reclamando la salida de sus hijos, niños llorando tras haber encontrado el abrazo de sus padres. En la calle, un olor a miedo casi tan fuerte como el tufo a gas.

Las encontré a pocos metros de la casa, Vale cargaba a Nin frente a un edificio a medio caerse, creí que se vendría abajo en cualquier momento, pero sigue ahí como tantos otros monumentos al desastre que dejó el 19 de septiembre. Fuimos a empacar, me sentí afortunada de que nuestro diminuto estudio fuera de una sola planta. Caminamos por Cuauhtémoc hacia el norte, ¿el plan? alejarnos cuanto fuera posible de La Roma, aunque eso nos llevara a pedir asilo en Tlalnepantla.

Calles y calles de gente emprendiendo el éxodo, para todos era miedo y confusión, para Nina, sin embargo, era el mejor día de su vida. Iba con la quijada inferior relajada y la lengua de fuera, esa expresión zonza de los perros felices que lo único que saben es que su paseo ha sido excepcionalmente largo. Cuando llegamos al Monumento a La Revolución, estábamos tan cansadas como el maltrecho edificio de La Lotería Nacional, e igual que éste, nos manteníamos en pie por pura voluntad. El servicio de Metrobús ya se había restablecido. Era gratis para humanos y perros, entonces el trayecto dejó de ser divertido incluso para Nina.

Mi celular vomitaba notificaciones cada que la intermitente señal lo alcanzaba. Mi madre, histérica, me marcaba sin cesar: “¿Dónde estás? ¿Dónde vienes?”  No entendía por qué tanta preocupación hasta que llegué a un sitio con televisión y Wi-Fi; entonces la devastación adquirió la forma y materia de lo real. Es difícil explicar la culpa que sentí al saber que esa noche dormiría en una cama, mientras decenas de personas habían sido devoradas por edificios a calles de mi trabajo y de mi hogar. En medio del caos, no lo vi, estaba tan inmersa en ponernos a salvo que no tuve conciencia de la tragedia hasta que fue imposible voltear a otro lado.

Hui de La Roma por miedo a una réplica, me fui sin comprender que lo que para mí era una posibilidad aterradora, para muchos era una realidad. Me fui sin pensar que quizás esa noche mi techo, la comida de mi refri o mis manos pudieron haber ayudado a alguien. Dormí cómoda, pero intranquila, convencida de que por egoísta y mezquina no merecía descanso alguno.

Al día siguiente regresamos temprano; mi casa, ubicada en el epicentro del drama, fungió como punto de reunión para amigos y familiares que, como yo, tampoco sabían a dónde ir ni cómo ayudar. Revisando información, nos dimos cuenta de que hacía falta material de curación, medicamentos, jeringas, termómetros… Los empleados de la farmacia no se daban abasto para atender a tantas personas. Una señora que sólo iba por pañales nos dio $200: -Yo no puedo salir…- Dijo. -Pero tomen esto y compren lo que haga falta. – Amigos de provincia nos depositaron  y con todo lo recaudado llenamos cinco mochilas y salimos a caminar.

Fuimos dejando lo recolectado en distintos centros de acopio, todos sobrados de insumos y manos. En cada cuadra nos ofrecían comida, agua… no aceptamos nada, no lo merecíamos, no habíamos ayudado lo suficiente. Regresamos a una casa sin luz y sin agua. Preparé para mis amigos una ensalada con todo lo que estaba por echarse a perder en ese refri que sin electricidad es una caja estorbosa. Nos sentamos a jugar basta con las sobras de la luz del sol. Las visitas se fueron, llegó la noche y la casa se llenó de oscuridad e incertidumbre.

En cuanto amaneció, se hizo evidente que la desolación que azotaba Ciudad de México se había colado en mi casa: un cerro de platos sucios, trastos volcados y rotos, un clóset revuelto y un baño apestoso… Quedarme en esas condiciones era tan deprimente como salir. Si había gente levantando la ciudad, ¿cómo era posible que yo no pudiera lograr una hazaña similar en casa? Con un chorrito de agua que salía de la llave del vecino logramos poner en orden nuestro entorno, y nos sentimos más fuertes y más animadas.

A días de la catástrofe, todavía sobraban voluntarios, incluso en las madrugadas. El viernes llegamos a Parque España a las 11pm, nos anotaron en una lista de espera. El chilango, hasta para ayudar tiene que hacer filas. Horas después nos llevaron a la Del Valle, luego nos regresaron a Parque España y terminamos viendo el amanecer frente al derrumbe de Álvaro Obregón 286. Recibimos al sábado con el corazón acelerado y la respiración suspendida, esperando que algún indicio en los escombros le diera esperanza a quienes seguían sin saber de sus familiares. Desafortunadamente, solo hubo un ruido: el de la alarma sísmica. Volvimos a casa completamente agotadas, por primera vez en días dormí tranquila.

En más de una ocasión durante esa noche de voluntariado me asumí inútil, torpe, incómoda, me sabía ocupando un lugar para el que no tenía ningún tipo de habilidad, un lugar que sobraba más de lo que ayudaba; pero el malestar se desvanecía cuando encontraba la manera de poner mi mente y manos al servicio de algo que no fuera reprocharme. Creo que ayudamos también para ayudarnos, para creer que levantamos un granito de arena de las toneladas de escombro. Esa ilusión reconforta, tranquiliza y sana.

Como la mayoría de las personas, he regresado al trabajo. Nos han pedido que volvamos a las oficinas y las aulas para reactivar la economía, para que la ciudad recupere su ritmo y para que se nos olvide que por unos días el único orden que imperaba era el de la empatía. Es cierto, es necesario retomar nuestra vida, lavar los platos, sacar la chamba atrasada, ir a la lavandería; sin embargo, eso no implica que volvamos a la “normalidad”, y más cuando la normalidad en que habitábamos era una de violencia, apatía e indiferencia. Entonces, no se trata de ser cómo éramos, sino de dar más. De cuidarnos y hacernos el tiempo de cuidar a otros. Ya comprobamos que ganas, nos sobran, el reto es seguirnos demostrando que otro orden, otra vida y otro país son posibles.

Mis amigos de Guadalajara me han preguntado si necesito ayuda. Yo insisto en que estoy bien, pero les pido que ayuden a quienes tengan cerca, cada uno puede aportar desde dónde está y desde lo que sabe hacer. Mis papás, poseídos por la preocupación de padre que ahora entiendo un poco mejor, me han preguntado por qué no me regreso. -¡Aquí tienes tu casa! ¿Qué haces allá? – escucho entre suspiros por el teléfono. Allá tengo una casa, pero aquí tengo mi vida.  Uno es de dónde lo acogen, donde crece, donde llora, donde lo derrumban y donde se vuelve a construir. No nací aquí, pero aquí me hice. Y no, esta vez no voy a huir, no quiero irme sin regresarle algo a esta ciudad que me ha dado el espacio, la libertad y los recursos para armar mi propia vida; una ciudad que ahora, además, nos brinda la insólita oportunidad de participar en su nuevo comienzo.

Texto: Abril de Romero

Fotografías: Rodrigo Santos

 

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