Amigos tóxicos

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¿Por qué es tan difícil decir “no quiero”? “No quiero acompañarte”, por ejemplo, o “no se me antoja platicar contigo”, “te agradezco la invitación, pero no tengo ganas… ”. Nos enseñan a condescender, mas nadie nos dice cómo rechazar a la gente que nos desagrada y, mucho menos, se nos permite decirle “no” a los que se supone que deberían agradarnos.

De haber aprendido antes a negarme, me hubiera ahorrado citas mediocres, fiestas incómodas, charlas vacías y el esfuerzo de inventarme pretextos para huir o cancelar en el último momento. También les habría evitado a otros conocer mi peor jeta, ésa que evidencia que llegué a güevo y preferiría estar en cualquier otro lado. Cedemos para adaptarnos a los convencionalismos grupales, para sortear el qué dirán y evitarnos el riesgo de no volver a ser invitados. Por presión social autoinflingida, aceptamos convivir incluso con personas que no han aprendido a hacerlo.

Durante mucho tiempo, cuestioné mi poca disposición a ciertos escenarios de la vida pública, concluí que soy un poco tímida, amargada y de malos modos; sin embargo, con la dosis de amor propio que te van dando los años, comencé a cuestionar también los entornos en los que me sentía incómoda. Si bien este ejercicio no cambió la percepción de mí misma, sí me ayudó a plantearme la posibilidad de que mi necesidad de aislamiento no viniera de mí, sino que fuese propiciada por las condiciones del ambiente.

Tengo suficientes amigos para sospechar que quizá no es la vida social lo que me parece difícil, si no las características de determinada gente: conocidos, viejos amigos y amigos potenciales cuya compañía me produce una sensación de cansancio, vacío, malestar y, paradójicamente, soledad. Después de mucho pensarlo, encontré que las personas que tienen un efecto tóxico en mí comparten algunas características:

Son monotemáticos

Te escupen cantidades absurdas de información que nunca solicitaste. Le dan vueltas al único tema que conocen: ellos mismos. Ya sea su trabajo, su vida sentimental o la última serie que están viendo, acaparan la conversación sin detenerse a corroborar que su interlocutor les está siguiendo. Cuando por fin se callan, no lo hacen para escuchar, sino para coger aire y volver a hablar. Son violentos con la palabra: toman por la fuerza lo que no saben ofrecer. Si como amigos fracasan, como amantes están condenados a la masturbación.

Son juzgones

Cada quien tiene parámetros para evaluar su vida, el problema es cuando los usamos para medir  a quienes se supone que aceptamos tal cual son, como se esperaría que hiciéramos con los amigos. Uno no necesita de sus cuates a un padre que te reprenda, ni una madre que te reproche, sino alguien que te dé unas palmaditas en el hombro y te diga que sí la cagaste pero no es grave y a todos nos pasa, aunque no sea cierto y haya estupideces que sólo tú podrías firmar. En muchos casos, intentan de mermar tu autoestima para que quede al nivel de la suya y se regodean en tus errores para olvidarse un ratito de los propios.

Los juzgones están tan comprometidos con su visión del mundo, que les parece inverosímil que existan otras igual de válidas que la suya. Son incapaces de comprender más puntos de vista, por eso no les interesa escuchar, sino demostrar que tienen razón.

Son aprovechados

Te hablan cuando necesitan un oído, un dato, un préstamo o un niñero para su gato. Si los invitas a una peda, abusan del alcohol y de la confianza y a uno le toca vigilar que no insulten al anfitrión ni traten de seducir a su novia. Requieren casi tantos cuidados y atención que un perro, pero no son tan leales ni la mitad de adorables.

Son navegantes perpetuos en vasos con agua

Por una u otra razón, su vida es un constante campo de batalla entre lo que tienen y lo que desean. Se quejan, lloriquean y se enojan, piden un hombro donde apoyarse, mas no ofrecen el suyo porque tienen ambos brazos ocupados manoteándole a la vida. Sus ojos están tan anegados en lágrimas, que no alcanzan a ver que a todos los demás también nos sobran motivos para llorar.

Cuanto estás en la universidad crees que todos con los que compartes una caguama son tus amigos; luego te gradúas, pasan los años y un día te despiertas, tienes 27, trabajas 11 horas al día, duermes seis  y tus primeras canas te confirman que la vida se mueve demasiado a prisa como para compartirla con cualquiera. Supongo que a esa misma reflexión llegaron “los amigos” a los que cada vez es más complicado reunir, los compas con los que nunca se puede concretar una fecha para una cerveza, aquellos que te proponen encuentros que no llegarán porque tampoco saben decir que no.

Tal vez para algunos yo he sido la amiga tóxica y lo que me molesta de otros son mis propios defectos danzando en el cuerpo de alguien más. Si no hubiera toxicidad en mí, no me habría dado el tiempo de juzgar a otros y categorizarlos en una lista burlona que justifica -a medias- mis pocas herramientas para lidiar con el mundo. Acepto lo que me toca y también lo que eso conlleva. Una vez que uno empieza a identificar el rechazo y comprueba que nadie se muere de eso, se vuelve más sencillo soltar los “no”. Con la práctica, cada vez es más corto el camino entre el “ahorita no, joven” y el “no quiero, gracias.”

Texto: Abril de Romero

Ilustración: Perro 

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