Adolescentes de veintitantos

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Después de tres años viviendo en otra ciudad regresé a casa de mis papás; les dije que venía de vacaciones… ya  sospechan que mis vacaciones son indefinidas, involuntarias y no remuneradas, otra vez. Trato de no darle demasiadas vueltas al asunto, de cualquier manera en estos días la comezón no me deja pensar. Nadie me desea tanto como los mosquitos, supongo que algo tiene que ver el alcohol en mi sangre, los ha vuelto adictos. Fumar me vendría bien para distraerme, pero si lo hago tendría que ser a escondidas y cuidando que el humo no llegue a nariz de los vecinos, no vaya a ser que les digan a mis papás que la casa olía raro.

Es lunes, aún no llega el mediodía, estoy en calzoncillos y me acabo de beber la última cerveza que había en el refri. Hace mucho calor para estar vestida o sobria. Ahora tengo que ir a la tienda a reponerla… y sí, tendré que hacerlo con el dinero para emergencias que papá dejó sobre la mesa. De repente soy el parásito que era cuando bebía antes de ir a clase y me llevaba las latas vacías en la mochila para que las evidencias de mi incipiente alcoholismo se quedaran sólo en gotitas de felicidad en mis cuadernos. Miento, al menos ese parásito iba a la escuela, no como yo que me gradué hace años y ya llegué a la edad de mi mamá cuando tuvo su primera casa y su segunda hija. Yo a lo más que podría aspirar sería a tener mi primer pokemon pero afortunadamente lo que no me falta es vida sexual.

Con la situación económica de alguien de dieciséis, las ínfulas de independencia de un veintiañero y el estado anímico de un cuarentón con úlcera, me pasé el martes frente a la computadora matando mosquitos  ¿Qué estuve haciendo mientras mis amigos encaminaban su vida? ¿Cómo es que gente que nunca me pareció muy lista hoy puede hablarme de casas, viajes, parejas, negocios, coches e hijos? No es que yo ambicione las últimas cuatro de esas seis cosas pero quien las tiene dice que es feliz, o al menos usa Facebook para hacer que los demás pensemos eso.  Me pregunto si también ellos se cansan de ser ellos; a lo mejor hay días en que hasta el más orgulloso de los Godínez  quiere mandar todo a la chingada, vender su coche e irse de viaje; o los felizmente casados a ratos quisieran echarse a alguien más, después de todo aun teniendo arrachera en casa a veces a uno se le antojan tacos de tripa. Quizá quienes son padres en determinados instantes desearían no  serlo pero el sólo pensarlo los hace sentir tan mal que tratan de ocultar ese sentimiento publicando decenas de fotos de sus crías. Igual y estoy equivocada y sí soy la única que ve su timeline para envidiar a los demás y sentirse mal consigo misma.

Ya es miércoles ¿o sigue siendo martes? Es difícil saberlo cuando no sales de casa y tus únicos horarios los pone tu fuerza de voluntad, –¡Vamos, Abril, cierra Facebook, que los libros y las columnas quincenales que se publican cada dos meses no se escriben solas!- No sé escriben solas, pero tampoco pagan las facturas, así que tampoco hay prisa. Todo puede esperar, incluso la vida.

Hoy saldré. Iré a ver a unas de mis amigas de la secundaria y ya sé más o menos cómo irá la cosa: Sabes que tal ya se casó… Ah sí, Marianita me dijo… Su vestido estaba horrible… No era el vestido, era ella… Se lo hicieron antes de que supiera que estaba embarazada… Oye y tú, Abril, ¿para cuándo? (Sólo hay dos motivos que me harían cazarme: una nacionalidad o una fortuna.) ¿Ya tienes novio?…  (¿Tres cachos de relaciones cuentan como una?)  ¿Y qué tal el trabajo?… Ahí va, ya saben, un poco de eso, un poco de aquello… (Lo cual es fundamentalmente cierto si tomamos en cuenta que “eso” es whiskey y “aquello” son papas). Estoy segura de que me sentiré incómoda, beberé para lubricar sus preguntas y muy probablemente se me irá la mano y terminaré confirmándoles lo que ya piensan de mí: que mientras todos avanzan, yo soy un hámster que sólo sale de su rueda para dormir, comer o hacer un cagadero.

Se me hizo tarde y ya no fui. El tiempo no alcanza cuando no sabes qué hacer con él. No sé administrar, lo mismo me pasa con el dinero y con el amor, siempre termino sin estar segura de en qué o con quién me los gasté. Se me acabó el día escuchando música, viendo fotos y revisando mis viejos cuadernos. Encontré un diario, en el verano de 2012 escribí esto:

 

                Es el terror al futuro: la doble sensación de que cuando llegué el momento sabré qué hacer, aunque al mismo tiempo no tenga ni la más remota idea.

                Muero de miedo / las cosas que me esperan son enormes/ me rebasan/ siento que no caben en mis manos/ estoy paralizada.

                Todos ya tienen una vida, un futuro en la mira que parece REAL, yo construyo castillos en el aire, planes enormes / ficticios/ falsas ilusiones que justifican mi parálisis / mi temor a crecer / mi rechazo a venderle mi vida a alguien / mi aversión a trabajar.

                De nuevo estoy en el mismo lugar: No puedo dormir/ no puedo despertar / no puedo soñar.

                Solo quiero dejarme caer. Entregarme al vacío/ a mis temores y a través del fracaso ¡por fin! Perder el miedo a la mediocridad.

 

Bueno, creo que alguien ha pasado los últimos cuatro años caminando en círculos… pero no todo es tan malo, es una victoria/haber dejado/ de usar/ diagonales/ a lo idiota/.

 

Ya es jueves, lo sé porque eso dice el calendario. Hay quien llama a los días como hoy viernes chiquito y eso en parte me hace sentir mejor. Estoy desempleada, es cierto, pero al menos no siento la necesidad de usar expresiones así de ridículas.

Anoche usé el dinero de emergencias para comprar un six, supongo que mis papás entenderán que: a) Reponer una a una las latas era jugar a Sísifo y b) Ya todos estamos viejos y cansados para seguir pretendiendo que no bebo.  A medianoche me puse sensible y le llamé a Roy (una de mis fracciones de relación), “no eres una fracasada” me dijo, “sólo diste unos pasos hacia atrás para tomar impulso”. Ese discurso lo tiene bien aprendido alguien que ya rebasó los treinta, vive con sus papás y se emborracha con una diferente cada fin de semana. Nuestras citas siempre terminan igual: yo juntando mi ropa del asiento trasero de su coche y él buscando una ruta que sortee los alcoholímetros. Sus papás le insisten que ya se case, él no está dispuesto a pagar renta,  ni a dejar que tanta veinteañera confundida se quede sin su guía y sin su abrazo. Lo extraño, siempre me hace sentir que ser un adolescente tardío es mucho más divertido que un adulto prematuro.

Hoy recibí un correo de mi editor. Aparentemente tengo trabajo otra vez, digo aparentemente porque no lo he abierto pero me gusta pensar que de eso se trata. Lo haré más tarde, ahorita estoy por recibir visitas, tuve que pedirle a Tavo, un amigo, que me ayudara a reponer el six que falta en el refri porque mis papás olvidaron dejar el dinero para emergencias. Tavo es guapo, (casi) todos los hombres pueden serlo con la barba correcta ¿cuatro cachos de relación ya cuentan como una…?

No sé en qué momento llegó el lunes. Habría abierto el correo antes pero se me atravesó el fin de semana. Fue una falsa alarma; aún no hay trabajo y aún necesito reponer el six del refri. Mis papás volvieron a olvidar el dinero para emergencias (empiezo a creer que lo hacen a propósito) ¡Y yo con tanto calor!

Le llamé a Tavo; dice que hoy está muy ocupado pero cuando le mencioné que tengo casa sola lo convencí de escaparse un rato, es reconfortante saber que hay cierto tipo de cosas que no cambian con la edad…

Texto: Abril de Romero

Ilustración: Vyrus G

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Nació y creció en la próspera Guadalajara de los 90. Psicóloga, pero no de las que dan terapias, sino de las que ven la vida pasar mientras se toman un whisky. En el 2013 dejó su pueblo natal y se mudó a la Ciudad de México para convertirse en escritora. A la fecha sigue intentando y cuando no está peleando contra la vida adulta, se dedica a ventilar sus intimidades en Facebook, publicar su columna #WhiskyconPapas y escribir lo que algún día será su primer libro “Crónicas de MissAntropía”

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